Multiculturalidad Erasmus

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Qué bonito compartir. Qué bonito enseñar. Y qué bonito mostrar. Pero sobre todo, qué bonito aprender. Porque lo que se aprende en un Erasmus no puede aprenderse en casa. Aprender, por ejemplo, que no en todas partes se compra el pan cada día. Que, para algunos, la leche no sólo forma parte del desayuno, sino también de cada comida. Que no todo el mundo cocina con aceite, muchos lo hacen con mantequilla. Aprender, en definitiva, que cada persona, cada país y cada cultura es absolutamente única.

 

Aprender, por otro lado, a omitir los bolsos y demás complementos meramente decorativos y salir con mochila y botas de montaña hasta a las discotecas, porque no sólo es lo más cómodo, sino también lo más práctico cuando tienes que quitarte veinte capas de ropa. Aprender, también, que deshacerse de cosas materiales es deshacerse también de todos los posibles problemas que pueden traer con ellas. Que cuanto menos necesitas, más libre eres.

 

Aprender, también, que el sol puede irse a las tres y media de la tarde sin importarle en absoluto que aún estés terminando de comer. Que la vida en bicicleta sigue a menos diez grados. Y que basta con una buena canción de Pink Floyd para no sentir tanto el frío y sentir más todo aquello que te rodea.

 

Aprender que pasar más tiempo sola puede inspirarte como ninguna otra cosa. Aprender a escuchar para entender, y no sólo para responder. Aprender que sentirse libre es demasiado fácil cuando tienes un trineo e incalculables copos de nieve en la puerta de casa. Aprender a valorar el cielo azul como nunca creíste y aprender a fijarte en las pequeñas cosas que esconde cada momento. Y aprender, no sólo a fijarte, sino también a fascinarte con esas pequeñas cosas. Como cuando la luz del sol se cuela esquivando los árboles para llegar a tocarte. A esas cosas me refiero. Aprender, aprender y aprender.

 

 


LIGAR CON UN LOCAL: RITUAL DE CORTEJO

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Bueno, después de unos meses aquí y prestando un poquito de atención os puedo decir que ligar en Noruega requiere un pelín de adaptación.

En la mayoría de países cuando conoces a alguien que te gusta normalmente te presentas, lo invitas a cenar, si eso funciona igual quedáis para una segunda cita, y si va bien PUEDE que pase algo más.

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Pues aquí en Noruega funciona un poquito desordenado, puede que por lo especialitos que son, y esta guía para entender el comportamiento noruego nos lo explica:

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Si te levantas la mañana siguiente y esa persona sigue a tu lado, lo invitas a cenar (paso B). Si eso funciona, puedes volver al paso E. Si y sólo si eso funciona bien puedes decirle hola si te lo cruzas por el pasillo, puedes invitarlo a una segunda cita y después a una cena, porque resulta que las cenas en Noruega son signo de confianza, no una buena forma de conocer gente.


¿CÓMO SE VIVE EN PARÍS?

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PARÍS, ciudad de las luces, ciudad del amor, ciudad de turistas y de artistas, ciudad de noche y ciudad de día… París tiene tantos nombres como personas que la han visitado. París es arte, en todas sus calles y todas sus esquinas. París es música, París es color, es lluvia y es sol, es luz y es sombra, es cielo y es tierra. Es, indudablemente, una de las ciudades más bonitas del mundo. Muchos vienen de todas partes del mundo para visitarla, pero la pregunta es ¿CÓMO SE VIVE EN PARÍS?

Dejando a un lado tópicos como desayunar todos los días en una terraza con vistas a la Torre Eiffel, llevar la baguette bajo el brazo por la calle y vestir de rayas y boina, la verdad es que vivir en París es bastante romántico. Me explico. Aunque uno llegue, desgraciadamente, a acostumbrarse a tanta belleza, sí es cierto que París no deja de sorprenderte. Siempre hay algo nuevo que hacer o algún sitio que visitar, algún mercado donde perderse o algún festival que te sorprende por la calle.

No os voy a mentir, el día a día es como el de cualquier otra ciudad metropolitana. Hay atascos, prisas, coches, autobuses, gente, ruido… pero en medio de todo eso existe una belleza difícil de explicar. Lo ilustro con un ejemplo, todas las mañanas cojo la bici y pedaleo unos 15 minutos a través de puentes, calles y rotondas para llegar al hospital donde hago las prácticas, hasta ahí todo normal. Sin embargo, se trata de cruzar un puente por encima del Sena, por supuesto con vistas a Notre Dame, llegar a la rotonda de la “Bastille”, donde cada dos por tres los franceses se manifiestan contra algo, y recorrer las rues de Paris, repletas de boulangeries, pâtisseries, crêperies…

¿Que quedamos a tomar algo? Genial. Para situarnos tomamos como referencia la Torre Eiffel, el Louvre o el Panteón. ¿Plan de domingo? Picnic en los champs de Mars, paseo por los Champs-Elysées, sentarse a orillas del Sena… ¿Te apetece un museo? Elije entre los más de 150 museos de París: pintura, arquitectura, medicina, cine, fotografía… ¿Qué te has perdido por la ciudad? No pasa nada porque estés donde estés va a ser bonito. ¿Que llueve? Pues vamos a un “bistrot” bohemio y nos tomamos un café. Y así un larguísimo etcétera.

Desde un punto de vista un poco más “funcional”, vivir en París es bastante práctico. Existe un sistema de transportes muy extenso y eficaz, desde bicis hasta trenes, aunque un poco caro (el abono mensual para todas las zonas de París es 70€ al mes para los estudiantes, aunque afortunadamente hay una oferta de abono anual por unos 340€). Y ¿PARÍS ES CARO? Depende. Depende sobre todo de la zona a la que vayas (por supuesto las zonas más turísticas son mucho más caras) pero en general los precios son más altos en todo (supermercados, ropa…), especialmente en el campo de la restauración y la hostelería. Olvídate de “los 100 montaditos”, en París para comer fuera de casa hay que mirar bien donde te sientas a tomar algo si no quieres dejarte la beca Erasmus en cenas. Y en cuanto al alojamiento, un buen apartamento por el centro es algo impensable si no quieres arruinarte. Por suerte para para los estudiantes universitarios aquí existe una plataforma, llamada CROUS, que tiene residencias y comedores universitarios a muy buen precio, y existen becas del gobierno francés (incluso para los extranjeros) para ayudarte a pagar el alojamiento. Así que, “en gros”, no te sale tan mal.

En cuanto al CLIMA, podemos decir que es intermedio entre el sol de Madrid y la lluvia de Londres. Como en todo hay días que hace buenísimo y días que hace malísimo, pero son muy típicos de aquí los “días engañosos”, amanece soleado y luego llueve, o viceversa. París siempre sorprende, por eso nunca está de más llevar un paraguas encima “en cas où”. Lo que sí que es cierto es que haga el tiempo que haga el cielo de París es siempre espectacular y tiene unos atardeceres de los más bonitos que he visto nunca.

Respecto a la COMIDA, podría dedicar un libro entero a la comida francesa pero prefiero dejar eso para otro post. Simplemente os adelanto que aquí se come fenomenal (al margen de los precios) lo que puede llegar incluso a compensar la ausencia de comida española.

Y la gran pregunta, ¿LA GENTE? Depende. Como en todo, no podemos hacer generalidades, si bien es cierto que el carácter francés, y sobre todo el parisino, es un poco reservado. Los franceses son tremendamente racionales y no siempre tan espontáneos o apasionados como los españoles. Te puedes encontrar desde una panadera majísima que te sonríe y te desea un buen día a una taquillera del metro que te regaña por no hablar bien francés (y esto lo digo con conocimiento de causa). Como en toda gran ciudad, mucha gente va con prisas, a su rollo y con cara de indiferencia (sobre todo por la mañana). El truco para disfrutar es ir por ahí con tu sonrisa y desentonar con todo el mundo (en palabras de Mafalda).

 

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Jyvaskyla

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Ciudad de lagos, árboles y luces. Animada, innovadora, versátil y joven. Perderse entre sus cien mil caminos llenos de hojas y ramas te asegura un asombroso atardecer, como mínimo.

 

Es cierto que hace frío, mucho frío. Pero también es cierto que se lleva muy bien. Porque el cielo aquí es diferente. Ya sean nubes de algodón o un manto gris lo que cubra la ciudad, las majestuosas copas de los árboles consiguen alegrarme cada día con sus fascinantes mezclas de colores.

 

Lejos del barullo y de la multitud, en Jyvaskyla se puede encontrar algo de valor incalculable: tranquilidad. Sólo hay que andar en cualquier dirección hacia las afueras del centro para encontrar paz. Y con ella cientos de rincones llenos de detalles que parecen sacados de cuentos de hadas. Algunos han tenido la suerte de ver incluso las tan aclamadas auroras boreales… Espero poder describíroslas algún día.

 

Me encanta Jyvaskyla, me fascina. Es absolutamente única. Os avisaré el día que encuentre algún reflejo similar en algún otro puente de alguna otra ciudad. Pero no va a ser tarea fácil. Qué muelles, qué vistas, qué maravilla. Qué otoño más bonito. Porque pocas ciudades me han transmitido tanto en tan poco. Porque me llena y me inspira. Porque aquí disfruto de cada pequeño pasito que doy. Por todo ello me atrevo a recomendaros una visita a esta extraordinaria ciudad finlandesa llena de estampas que, sin duda alguna, se quedarán grabadas en vuestra retina para siempre.

 


Adaptándome a mi vida Erasmus

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Un Erasmus se caracteriza por el comienzo de algo nuevo. Nuevo hogar. Nuevo idioma. Nuevos amigos. Nueva universidad. Nuevos rincones favoritos. Nuevos puntos de vista. Nuevos tipos de cerveza. Nuevas experiencias, aventuras, culturas, anécdotas, expresiones… Nueva vida. Todo absolutamente todo es nuevo (excepto el chorizo y el jamón serrano que pude traerme gracias a Sin Maletas).

 

Como decía Christopher McCandless, personaje protagonista de la película de Sean Penn: Into the wild, “El espíritu del hombre se alimenta de nuevas experiencias”. Y yo desde luego que lo corroboro. Porque un Erasmus llega dentro, muy dentro. Alejarse de lo cotidiano, de la rutina, de nuestro “día a día”, alimenta el alma como ninguna otra cosa. Porque el que todo sea nuevo, hace que todo sea asombroso. Como una niña de 5 años emocionada que experimenta por primera vez cómo se le cae un diente, así me siento yo cada vez que cruzo el maravilloso puente que me separa del centro de la ciudad y de la universidad. Asombrada. Anonadada por todo aquello que me rodea. Por todo aquello que siento.

 

Adaptarme no me está resultando nada complicado. Porque esto es lo que quiero. Lo que me gusta. Lo que me llena de verdad. Lo que me hace feliz.

 

Porque el sentirse extranjero implica muchas cosas. Todo se ve con otros ojos y lo que allí vemos como lo normal, aquí es algo totalmente peculiar. Aquí los pequeños detalles parecen hacerse mucho más visibles. Para tratar de explicaros esto podría deciros que miro unas doce veces por día la ventana de mi cuarto admirando el árbol cuyo color rojizo destaca sobre el resto de los arbustos. No recuerdo la última vez que miré a través de la ventana de mi habitación de toda la vida. No lo recuerdo. Quizá algún día que hubiese algún sonido extravagante en el exterior que consiguiese captar mi atención. Pero desde luego que no es nada comparable con esto.

 

vida erasmus

 

Aquellos que viajáis quizá me entendáis. Lo que siento es algo así como la emoción que produce un viaje, pero de manera continua y prolongada. Puesto que esto no es sólo un viaje con un comienzo y un final cercanos, sino que ahora mi vida se desarrolla aquí. Y aunque es cierto que al igual que en Madrid tengo un horario de clase al que asistir y ciertas tareas que cumplir. Aquí todo merece aún más la pena. De todo se saca algo. Y todo es mucho más apetecible.

 

 


ATERRIZANDO EN EL ERASMUS

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Llegar a tu destino Erasmus es un verdadero aterrizaje. Te plantas en un sitio que no conoces, generalmente con gente que no conoces, apenas hablas el idioma (o si tienes suerte dominas el idioma pero en todo caso no siempre te entiendes con la gente), conoces las cuatro paredes que serán tu hogar durante unos meses y, después de un largo día en el que has dicho adiós a tu mundo, te tumbas en tu cama y te preguntas ¿y ahora qué?

Pero casi ni te da tiempo a sumirte en la divagación existencial ya que enseguida empiezan los saludos (con la típica confusión de ¿doy uno o dos besos? ¿doy la mano?…), caras nuevas, gente nueva, sitios nuevos, comida nueva (con un poco de suerte: comida nueva “rica”)… Y antes de que te des cuenta ya te has situado, ya sabes dónde está cada cosa en tu nueva casa, en tu nuevo barrio, en tu nueva ciudad… Los primeros días los dedicas a deshacer la maleta, situarte, terminar papeleos, preparar tu inminente “vuelta al cole”… pero luego ¿qué?

Si tienes suerte y tienes algo de tiempo antes de empezar la uni te entra el agobio existencial de ¿qué hago con este tiempo tan precioso antes de que empiece la rutina, el estudio, el no parar?

Es entonces cuando empieza la Operación Gymkana. Se trata de visitar el máximo número de sitios en el poco tiempo que te queda de vacaciones. Primero vas a los grandes sitios turísticos, los que todo el mundo visita porque ¿cómo viviendo en esa ciudad no has ido a ver eso? y luego sigues por lo sitios que no todo el mundo conoce, te dejas aconsejar por la gente, te pierdes por las calles… y es entonces cuando de verdad te empapas de tu ciudad (en algunos casos, literalmente, porque no en todas partes hace tan buen tiempo como en España).

Hasta que llega un punto en el que ya encuentras El Tesoro. Ya no te sientes como un turista más de la ciudad sino que ya sientes la ciudad como tuya, ya no miras a los turistas como iguales sino como extraños, y empiezas a mirar a los locales como iguales. Ya incluso contestas a los turistas que te preguntan por la calle y no haces fotos de todo lo que ves. Ya vas andando y te sientes orgulloso de “tu” ciudad, porque ya es “tuya”.

 

cielo

 


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