¿Viajar? La religión del Erasmus ¡Aprende trucos de nosotros!

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Estudiar en el extranjero con una beca Erasmus es sinónimo de viajar. La oportunidad de vivir en otro país incrementará tus ansias de conocer y experimentar cada sendero que descubras en el camino. Nosotros, los embajadores Erasmus, somos un buen ejemplo de este espíritu aventurero e incluso explorador. Vivimos con esta filosofía de vida desde antes de aterrizar en nuestro destino y hacemos de un año un viaje en sí que nos permite crecer como personas.

Aunque nosotros más que ningunos nos enfrentamos al mayor quebradero de cabeza de todos: ¿cómo optimizar el dinero con el que contamos para disfrutar del mayor número de aventuras posibles? Es más fácil de lo que parece, por eso voy a desvelar algunos de nuestros secretos.

Lo primero que tendrás que hacer es tener muy claro cual será el destino al que quieres viajar. Todas las ciudades tienen una temporada alta en la que se registran el mayor número de turistas y, por tanto, el precio en el mundo de la hostelería sube. Evitando las fiestas locales y nacionales de nuestro destino, el precio de nuestro viaje descenderá considerablemente.

2º. Medio de transporte. Algo tan obvio como elegir el método de transportarte adecuado puede ser la diferencia entre pasar 3 días en un lugar o, en su lugar, poder permitirnos hasta 5 noches. Antes de venir de Erasmus yo solo contemplaba la idea de viajar en avión si la distancia era larga: en parte por los costes altos de las empresas de autobuses y el sistema férreo español. Sin embargo, en el resto de Europa viajar en autobús o en tren puede ser la mejor opción. Existen multitud de compañías de bajo coste; en el centro-sur de Europa reina, sin duda alguna, la empresa de autobuses Flixbus. Con esta compañía encontramos trayectos como Bolonia-Nápoles por 5€. ¿Imposible? ¡Os aseguro que no!

3º. ¿Cuando comprar los billetes? También es imprescindible conocer los posibles descuentos que puedan ofertar las empresas de transporte. Por ejemplo, en compañías de tren tenemos hasta un 50% si compramos los billetes en una determinada franja horaria. De igual manera, la empresa aérea Ryanair presenta para algunos destinos precios más baratos si compramos los billetes los martes de cada semana, en lugar de en cualquier otro día.

Con presupuesto mínimo de 100€ es muy fácil recorrer grandes zonas de Europa, con todo lo que eso significa. Compartir 7 horas de autobús antes lo podríamos considerar como un calvario, pero ahora es una excusa de compartir sonrisas y buenos momentos con los amigos que hacemos en este año tan intenso, la única familia que tenemos en nuestros países de destino. ¡Suerte la nuestra!


Jyvaskyla

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Ciudad de lagos, árboles y luces. Animada, innovadora, versátil y joven. Perderse entre sus cien mil caminos llenos de hojas y ramas te asegura un asombroso atardecer, como mínimo.

 

Es cierto que hace frío, mucho frío. Pero también es cierto que se lleva muy bien. Porque el cielo aquí es diferente. Ya sean nubes de algodón o un manto gris lo que cubra la ciudad, las majestuosas copas de los árboles consiguen alegrarme cada día con sus fascinantes mezclas de colores.

 

Lejos del barullo y de la multitud, en Jyvaskyla se puede encontrar algo de valor incalculable: tranquilidad. Sólo hay que andar en cualquier dirección hacia las afueras del centro para encontrar paz. Y con ella cientos de rincones llenos de detalles que parecen sacados de cuentos de hadas. Algunos han tenido la suerte de ver incluso las tan aclamadas auroras boreales… Espero poder describíroslas algún día.

 

Me encanta Jyvaskyla, me fascina. Es absolutamente única. Os avisaré el día que encuentre algún reflejo similar en algún otro puente de alguna otra ciudad. Pero no va a ser tarea fácil. Qué muelles, qué vistas, qué maravilla. Qué otoño más bonito. Porque pocas ciudades me han transmitido tanto en tan poco. Porque me llena y me inspira. Porque aquí disfruto de cada pequeño pasito que doy. Por todo ello me atrevo a recomendaros una visita a esta extraordinaria ciudad finlandesa llena de estampas que, sin duda alguna, se quedarán grabadas en vuestra retina para siempre.

 


VISITA OBLIGATORIA EN NORUEGA: ISLAS LOFOTEN

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¡Buenas tardes desde mi escritorio noruego!, a -3 grados en Octubre, pero más contenta que unas pascuas. Hace tres días que volvimos de viaje de las Islas Lofoten, en el Norte, por encima del Círculo Polar Ártico, suena bien ¿eh?, todo lo que os cuente es poco, así que voy a intentar resumirlo.

 

Empezamos el viaje el martes, en lo que nos pareció la forma más barata de llegar hasta allí, aunque no la más rápida (9h de tren). Por lo menos nos dieron mantita y antifaz, qué atentos. El miércoles por la mañana, después de 4 pelis de Harry Potter ya veíamos las montañas nevadas de Bodo, donde cogimos el ferry esa misma tarde. Sobre las 7, unos más mareados que otros, pusimos nuestro primer pie en las islas. Impresionantes incluso de noche, porque a esa hora y a estas alturas del año ya es de noche. Casi día entero de viaje, pero os aseguro que merece la pena.

 

Una vez allí lo mejor es alquilar un coche. Hay valientes que las recorren andando, y acampando en tiendas, porque aquí se puede acampar en casi cualquier lado, pero todavía no me incluyo en ese grupo, nosotros alquilamos una casa en el norte y durante tres días recorrimos las islas de Norte a Sur. Mi parte preferida, el Sur, en concreto Reine, donde si eres suficientemente valiente y te ves con ánimos de subir una montaña con un camino pobremente definido puedes llegar a ver esto con tus propios ojos:

 

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Lo que os decía, merece completamente la pena.

 

Lo único malo, las pocas horas de sol, pero bueno no es nada que no arregle un buen madrugón, por lo menos ahora en Octubre.

 


Estudiar en la Universidad de Bologna: primeras impresiones

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¡Ciao a tutti!

Me presento para los que aún no me conozcáis. Mi nombre es Javi Lara y voy a ser vuestro guía virtual de la ciudad de Bolonia y todo lo que esta ciudad permite hacer en una vida Erasmus durante un año. Dicho esto, me dispongo a contar las diferencias entre la universidad española y la italiana.

Estudiar en Italia y mas concretamente en Bolonia es realmente apasionante. El concepto de facultad mantiene en Italia la esencia mágica de lo antiguo y lo viejo. Aquí, por paradójico que parezca, no se ha implantado el plan Bolonia. Los alumnos no deben estudiar una propuesta fija de asignaturas en horarios previamente establecidos como sí ocurre en España. Cada estudiante se traza su propio plan de estudios escogiendo las asignaturas que prefiera entre la oferta disponible y siendo consciente de los posibles problemas de horario si coinciden materias. Este modelo le da al estudiante la opción de ser “frequentati” o “non frequentati”, siendo la carga de estudio un poco menor para aquellos alumnos que sí asistan a clase; todo es mucho más autónomo e independiente que en España.

Por otro lado, las asignaturas no tienen la misma duración que en los periodos lectivos de España. Distinguiendo entre las que son de 6 o 12 créditos, las asignaturas durarán un mes y medio o tres/cuatro, pero siempre con 6 horas semanales por asignatura. De manera que  si una asignatura de 6 créditos empieza en septiembre, acabará en noviembre para dar paso a otra. ¿Cuál es la diferencia? Que este sistema permite que el alumno se centre más en la materia y pueda profundizar en ella. De hecho, aquí las asignaturas son muuucho más densas, aunque más dinámicas también.

Via Zamboni, centro  del barrio universitario

Además, Bolonia tiene la peculiaridad de tener casi todas las facultades en el centro de la ciudad -en el llamado bario universitario– pero al ser una ciudad con soportales no son edificios que resulten llamativos y puedan identificarse en un primer vistazo, sino que en una misma calle nos encontramos cinco o seis portales que realmente son una inmensa facultad por dentro. Todo esto le otorga un ambiente bohemio alimentado por la cantidad de estudiantes que recorren todas las arterias de la ciudad a diario buscando sus aulas.

Desde esta perspectiva, el Erasmus se convierte en una oportunidad única para descubrir y aprender de un sistema que si lleva vigente tantos años, será porque cuanto menos es eficaz.


Adaptándome a mi vida Erasmus

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Un Erasmus se caracteriza por el comienzo de algo nuevo. Nuevo hogar. Nuevo idioma. Nuevos amigos. Nueva universidad. Nuevos rincones favoritos. Nuevos puntos de vista. Nuevos tipos de cerveza. Nuevas experiencias, aventuras, culturas, anécdotas, expresiones… Nueva vida. Todo absolutamente todo es nuevo (excepto el chorizo y el jamón serrano que pude traerme gracias a Sin Maletas).

 

Como decía Christopher McCandless, personaje protagonista de la película de Sean Penn: Into the wild, “El espíritu del hombre se alimenta de nuevas experiencias”. Y yo desde luego que lo corroboro. Porque un Erasmus llega dentro, muy dentro. Alejarse de lo cotidiano, de la rutina, de nuestro “día a día”, alimenta el alma como ninguna otra cosa. Porque el que todo sea nuevo, hace que todo sea asombroso. Como una niña de 5 años emocionada que experimenta por primera vez cómo se le cae un diente, así me siento yo cada vez que cruzo el maravilloso puente que me separa del centro de la ciudad y de la universidad. Asombrada. Anonadada por todo aquello que me rodea. Por todo aquello que siento.

 

Adaptarme no me está resultando nada complicado. Porque esto es lo que quiero. Lo que me gusta. Lo que me llena de verdad. Lo que me hace feliz.

 

Porque el sentirse extranjero implica muchas cosas. Todo se ve con otros ojos y lo que allí vemos como lo normal, aquí es algo totalmente peculiar. Aquí los pequeños detalles parecen hacerse mucho más visibles. Para tratar de explicaros esto podría deciros que miro unas doce veces por día la ventana de mi cuarto admirando el árbol cuyo color rojizo destaca sobre el resto de los arbustos. No recuerdo la última vez que miré a través de la ventana de mi habitación de toda la vida. No lo recuerdo. Quizá algún día que hubiese algún sonido extravagante en el exterior que consiguiese captar mi atención. Pero desde luego que no es nada comparable con esto.

 

vida erasmus

 

Aquellos que viajáis quizá me entendáis. Lo que siento es algo así como la emoción que produce un viaje, pero de manera continua y prolongada. Puesto que esto no es sólo un viaje con un comienzo y un final cercanos, sino que ahora mi vida se desarrolla aquí. Y aunque es cierto que al igual que en Madrid tengo un horario de clase al que asistir y ciertas tareas que cumplir. Aquí todo merece aún más la pena. De todo se saca algo. Y todo es mucho más apetecible.

 

 


ATERRIZANDO EN EL ERASMUS

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Llegar a tu destino Erasmus es un verdadero aterrizaje. Te plantas en un sitio que no conoces, generalmente con gente que no conoces, apenas hablas el idioma (o si tienes suerte dominas el idioma pero en todo caso no siempre te entiendes con la gente), conoces las cuatro paredes que serán tu hogar durante unos meses y, después de un largo día en el que has dicho adiós a tu mundo, te tumbas en tu cama y te preguntas ¿y ahora qué?

Pero casi ni te da tiempo a sumirte en la divagación existencial ya que enseguida empiezan los saludos (con la típica confusión de ¿doy uno o dos besos? ¿doy la mano?…), caras nuevas, gente nueva, sitios nuevos, comida nueva (con un poco de suerte: comida nueva “rica”)… Y antes de que te des cuenta ya te has situado, ya sabes dónde está cada cosa en tu nueva casa, en tu nuevo barrio, en tu nueva ciudad… Los primeros días los dedicas a deshacer la maleta, situarte, terminar papeleos, preparar tu inminente “vuelta al cole”… pero luego ¿qué?

Si tienes suerte y tienes algo de tiempo antes de empezar la uni te entra el agobio existencial de ¿qué hago con este tiempo tan precioso antes de que empiece la rutina, el estudio, el no parar?

Es entonces cuando empieza la Operación Gymkana. Se trata de visitar el máximo número de sitios en el poco tiempo que te queda de vacaciones. Primero vas a los grandes sitios turísticos, los que todo el mundo visita porque ¿cómo viviendo en esa ciudad no has ido a ver eso? y luego sigues por lo sitios que no todo el mundo conoce, te dejas aconsejar por la gente, te pierdes por las calles… y es entonces cuando de verdad te empapas de tu ciudad (en algunos casos, literalmente, porque no en todas partes hace tan buen tiempo como en España).

Hasta que llega un punto en el que ya encuentras El Tesoro. Ya no te sientes como un turista más de la ciudad sino que ya sientes la ciudad como tuya, ya no miras a los turistas como iguales sino como extraños, y empiezas a mirar a los locales como iguales. Ya incluso contestas a los turistas que te preguntan por la calle y no haces fotos de todo lo que ves. Ya vas andando y te sientes orgulloso de “tu” ciudad, porque ya es “tuya”.

 

cielo

 


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