Por qué

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Por qué tantas estrellas si no es para inspirarnos

Por qué tantos colores sino es para mezclarlos

Por qué un mundo tan bello sino es para admirarlo.

Por qué estamos aquí si no es para cuidarlo

Por qué el espacio y tiempo si no es para llenarlo

Por qué existe el silencio si no es para escucharlo.

Por qué dos polos opuestos si no es para juntarlos

Por qué la nieve, por qué la arena, por qué la luna

Si nuestro hogar es tan bonito solo puede ser por algo.


Un comienzo muy distinto

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Con la llegada del nuevo año ha llegado también un nuevo cuatrimestre. Y comienza muy distinto al anterior. La incertidumbre, los nervios y la emoción del principio se cambia por la comodidad, la tranquilidad y el sentirse “como en casa”.

El ansia por salir de casa a exprimir el entorno se ha transformado en un ukelele, muchas pelis y unas bonitas vistas desde la ventana. Porque a parte de que el piso se ha convertido en un hogar, hace mucho, mucho frío. Sólo los valientes inexpertos que acaban de llegar se atreven a coger sus bicis de cuarta mano (por lo menos) y desafiar a la nieve, el hielo y el frío aire de cada día como sólo lo hace un finlandés.

De los muchísimos que llegamos en agosto ya sólo quedamos unos pocos. Pero a mí algo me dice que tengo que quedarme. Hasta el final. Observar como cada día va siendo un poquito más largo, y cada noche un poquito más corta. Cerrar el ciclo que comencé a finales de verano. Conocer cada una de las estaciones…

Espero con ansia la primavera. El deshielo. El nacimiento de las flores y el crecimiento de las hojas. Será maravilloso. Mientras tanto, los planes calentitos y las capas térmicas serán nuestro mayor aliado. Eso y apreciar el color blanco cada mañana. Porque lo mires las veces que lo mires, siempre le sienta bien a cualquier paisaje.

 

 

 

 

 

 

 

 


Diferencias España – Finlandia

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Aunque ambos países son europeos, Finlandia es completamente diferente a España. Hay un gran abismo que nos separa. Empezaré hablando del clima, uno de los puntos fuertes que distinguen el día a día de un español y un finlandés. Las bajas temperaturas y los pocos días soleados que hay al año en Finlandia pueden hacer que cualquier español se sienta realmente confundido. Ir a la universidad en bici a -10 grados mientras copos de nieve caen sobre tu abrigo no es lo que un estudiante español está acostumbrado en su país. Algo que también choca muchísimo son las pocas horas de luz solar que hay en los países nórdicos. Y si a esto le añadimos el hecho de que los españoles somos de comer más bien tardecito… puede impactarnos mucho ver salir la luna cuando aún ni hemos terminado el postre. Además, otra cosa que puede impactar culturalmente a un español es la personalidad de los fineses. Los españoles somos, por lo general, directos. Nos expresamos y damos nuestra opinión sin ningún reparo. Mientras que los finlandeses, generalmente, son personas más indirectas y más tímidas. Mientras que la mayoría de los españoles somos ruidosos y ponemos emoción en lo que decimos y hacemos, aquí la gran mayoría es gente muy tranquila, modesta y muy, muy discreta. Gritar, hacer ruido, expresarnos en voz alta y con mucha gesticulación es lo normal en España y al venir a Finlandia uno puede sentir que está en otro mundo. Por otra parte, el español no es realmente puntual y la puntualidad en Finlandia es realmente importante. Además, los españoles son personas muy cercanas que se abrazan y se tocan constantemente, algo visto como una locura en tierras del norte. En resumen, irse a vivir a Finlandia supone un enorme cambio de mentalidad. Supone adaptarse, no sólo al lenguaje y al clima, sino a cada pequeña cosa a la que antes no estabas acostumbrado.

 


Multiculturalidad Erasmus

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Qué bonito compartir. Qué bonito enseñar. Y qué bonito mostrar. Pero sobre todo, qué bonito aprender. Porque lo que se aprende en un Erasmus no puede aprenderse en casa. Aprender, por ejemplo, que no en todas partes se compra el pan cada día. Que, para algunos, la leche no sólo forma parte del desayuno, sino también de cada comida. Que no todo el mundo cocina con aceite, muchos lo hacen con mantequilla. Aprender, en definitiva, que cada persona, cada país y cada cultura es absolutamente única.

 

Aprender, por otro lado, a omitir los bolsos y demás complementos meramente decorativos y salir con mochila y botas de montaña hasta a las discotecas, porque no sólo es lo más cómodo, sino también lo más práctico cuando tienes que quitarte veinte capas de ropa. Aprender, también, que deshacerse de cosas materiales es deshacerse también de todos los posibles problemas que pueden traer con ellas. Que cuanto menos necesitas, más libre eres.

 

Aprender, también, que el sol puede irse a las tres y media de la tarde sin importarle en absoluto que aún estés terminando de comer. Que la vida en bicicleta sigue a menos diez grados. Y que basta con una buena canción de Pink Floyd para no sentir tanto el frío y sentir más todo aquello que te rodea.

 

Aprender que pasar más tiempo sola puede inspirarte como ninguna otra cosa. Aprender a escuchar para entender, y no sólo para responder. Aprender que sentirse libre es demasiado fácil cuando tienes un trineo e incalculables copos de nieve en la puerta de casa. Aprender a valorar el cielo azul como nunca creíste y aprender a fijarte en las pequeñas cosas que esconde cada momento. Y aprender, no sólo a fijarte, sino también a fascinarte con esas pequeñas cosas. Como cuando la luz del sol se cuela esquivando los árboles para llegar a tocarte. A esas cosas me refiero. Aprender, aprender y aprender.

 

 


¿CÓMO SE VIVE EN PARÍS?

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PARÍS, ciudad de las luces, ciudad del amor, ciudad de turistas y de artistas, ciudad de noche y ciudad de día… París tiene tantos nombres como personas que la han visitado. París es arte, en todas sus calles y todas sus esquinas. París es música, París es color, es lluvia y es sol, es luz y es sombra, es cielo y es tierra. Es, indudablemente, una de las ciudades más bonitas del mundo. Muchos vienen de todas partes del mundo para visitarla, pero la pregunta es ¿CÓMO SE VIVE EN PARÍS?

Dejando a un lado tópicos como desayunar todos los días en una terraza con vistas a la Torre Eiffel, llevar la baguette bajo el brazo por la calle y vestir de rayas y boina, la verdad es que vivir en París es bastante romántico. Me explico. Aunque uno llegue, desgraciadamente, a acostumbrarse a tanta belleza, sí es cierto que París no deja de sorprenderte. Siempre hay algo nuevo que hacer o algún sitio que visitar, algún mercado donde perderse o algún festival que te sorprende por la calle.

No os voy a mentir, el día a día es como el de cualquier otra ciudad metropolitana. Hay atascos, prisas, coches, autobuses, gente, ruido… pero en medio de todo eso existe una belleza difícil de explicar. Lo ilustro con un ejemplo, todas las mañanas cojo la bici y pedaleo unos 15 minutos a través de puentes, calles y rotondas para llegar al hospital donde hago las prácticas, hasta ahí todo normal. Sin embargo, se trata de cruzar un puente por encima del Sena, por supuesto con vistas a Notre Dame, llegar a la rotonda de la “Bastille”, donde cada dos por tres los franceses se manifiestan contra algo, y recorrer las rues de Paris, repletas de boulangeries, pâtisseries, crêperies…

¿Que quedamos a tomar algo? Genial. Para situarnos tomamos como referencia la Torre Eiffel, el Louvre o el Panteón. ¿Plan de domingo? Picnic en los champs de Mars, paseo por los Champs-Elysées, sentarse a orillas del Sena… ¿Te apetece un museo? Elije entre los más de 150 museos de París: pintura, arquitectura, medicina, cine, fotografía… ¿Qué te has perdido por la ciudad? No pasa nada porque estés donde estés va a ser bonito. ¿Que llueve? Pues vamos a un “bistrot” bohemio y nos tomamos un café. Y así un larguísimo etcétera.

Desde un punto de vista un poco más “funcional”, vivir en París es bastante práctico. Existe un sistema de transportes muy extenso y eficaz, desde bicis hasta trenes, aunque un poco caro (el abono mensual para todas las zonas de París es 70€ al mes para los estudiantes, aunque afortunadamente hay una oferta de abono anual por unos 340€). Y ¿PARÍS ES CARO? Depende. Depende sobre todo de la zona a la que vayas (por supuesto las zonas más turísticas son mucho más caras) pero en general los precios son más altos en todo (supermercados, ropa…), especialmente en el campo de la restauración y la hostelería. Olvídate de “los 100 montaditos”, en París para comer fuera de casa hay que mirar bien donde te sientas a tomar algo si no quieres dejarte la beca Erasmus en cenas. Y en cuanto al alojamiento, un buen apartamento por el centro es algo impensable si no quieres arruinarte. Por suerte para para los estudiantes universitarios aquí existe una plataforma, llamada CROUS, que tiene residencias y comedores universitarios a muy buen precio, y existen becas del gobierno francés (incluso para los extranjeros) para ayudarte a pagar el alojamiento. Así que, “en gros”, no te sale tan mal.

En cuanto al CLIMA, podemos decir que es intermedio entre el sol de Madrid y la lluvia de Londres. Como en todo hay días que hace buenísimo y días que hace malísimo, pero son muy típicos de aquí los “días engañosos”, amanece soleado y luego llueve, o viceversa. París siempre sorprende, por eso nunca está de más llevar un paraguas encima “en cas où”. Lo que sí que es cierto es que haga el tiempo que haga el cielo de París es siempre espectacular y tiene unos atardeceres de los más bonitos que he visto nunca.

Respecto a la COMIDA, podría dedicar un libro entero a la comida francesa pero prefiero dejar eso para otro post. Simplemente os adelanto que aquí se come fenomenal (al margen de los precios) lo que puede llegar incluso a compensar la ausencia de comida española.

Y la gran pregunta, ¿LA GENTE? Depende. Como en todo, no podemos hacer generalidades, si bien es cierto que el carácter francés, y sobre todo el parisino, es un poco reservado. Los franceses son tremendamente racionales y no siempre tan espontáneos o apasionados como los españoles. Te puedes encontrar desde una panadera majísima que te sonríe y te desea un buen día a una taquillera del metro que te regaña por no hablar bien francés (y esto lo digo con conocimiento de causa). Como en toda gran ciudad, mucha gente va con prisas, a su rollo y con cara de indiferencia (sobre todo por la mañana). El truco para disfrutar es ir por ahí con tu sonrisa y desentonar con todo el mundo (en palabras de Mafalda).

 

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Jyvaskyla

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Ciudad de lagos, árboles y luces. Animada, innovadora, versátil y joven. Perderse entre sus cien mil caminos llenos de hojas y ramas te asegura un asombroso atardecer, como mínimo.

 

Es cierto que hace frío, mucho frío. Pero también es cierto que se lleva muy bien. Porque el cielo aquí es diferente. Ya sean nubes de algodón o un manto gris lo que cubra la ciudad, las majestuosas copas de los árboles consiguen alegrarme cada día con sus fascinantes mezclas de colores.

 

Lejos del barullo y de la multitud, en Jyvaskyla se puede encontrar algo de valor incalculable: tranquilidad. Sólo hay que andar en cualquier dirección hacia las afueras del centro para encontrar paz. Y con ella cientos de rincones llenos de detalles que parecen sacados de cuentos de hadas. Algunos han tenido la suerte de ver incluso las tan aclamadas auroras boreales… Espero poder describíroslas algún día.

 

Me encanta Jyvaskyla, me fascina. Es absolutamente única. Os avisaré el día que encuentre algún reflejo similar en algún otro puente de alguna otra ciudad. Pero no va a ser tarea fácil. Qué muelles, qué vistas, qué maravilla. Qué otoño más bonito. Porque pocas ciudades me han transmitido tanto en tan poco. Porque me llena y me inspira. Porque aquí disfruto de cada pequeño pasito que doy. Por todo ello me atrevo a recomendaros una visita a esta extraordinaria ciudad finlandesa llena de estampas que, sin duda alguna, se quedarán grabadas en vuestra retina para siempre.

 


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